viernes, 24 de agosto de 2012

ARTE PARA TODOS.

Yo soy una de esas personas con inquietudes elaboradas e intereses cambiantes. Tan rápido me gusta algo, en un segundo puedo buscar una nueva distracción, una tarea distinta, un entretenimiento que me recuerde estar en la vida no sólo para jugar a ser adulto y tomarme las cosas en serio, sino para perderme en la simplicidad, la despreocupación, y entonces nunca dejar de conducirme con el desosegado andar de un niño. Suena casi poético, ya sé. Una figuración muy romántica de lo que debe significar el todo, pero no busco satisfacer a un orden de pretensión que contamina a muchos artistas desprevenidos, pues puedo confesar con la honestidad más genuina, que prefiero antes de ser firme, antes de hablar procurando el linaje del vocabulario y su pulcritud, o antes incluso de ser tomado con seriedad; estropear todo lo que haría de mi persona, a un adulto. Yo prefiero vivir en una perpetua irreverencia, reflexiva por supuesto, pero tan jovial y voluntariosa que nunca nadie pueda arrebatármela llamándola arte, ya que es esta la matriz de todos los problemas que, de una paradójica y muy cómica manera, agitan la salud y el criterio de la industria, si así me permiten definir al espacio en el que quiero construir mi obra.
Arte. Una palabra engañosa y seductiva. Un sólo vocablo, el que describe la complejidad de una empresa digna de la revuelta y la contradicción. Es un pequeño icono lingüístico que ha sido victima de interpretaciones retorcidas, de acusaciones excluyentes y muy elitistas, una palabrita que ha causado acaloradas discusiones, ensayos, trabajos de análisis, divulgación y crítica, junto con malos ratos entre los amigos más cercanos. Arte es para mí, la región en cuya inclusiva enormidad, un ser humano puede reproducir la naturaleza de su intelecto, su raciocinio, su propuesta y una excepción; pero una vez más, muy poco importa qué es lo que podamos decir al respecto si nunca esto logrará satisfacer una necesidad material y tangible de significado y praxis. Mucho más extenso y desfigurado podría ser el acuchillamiento de definiciones sobre la apreciación del arte, sobre el artista, sobre los valores estéticos, sobre lo bello, lo grotesco y todos esos detalles estúpidos e irrelevantes que para quien esto escribe, no significan más que un infantil y muy impreciso intento de dar forma a una integridad que no puede contenerse de manera posible. 
Nosotros los humanos somos de una naturaleza imprecisa. Somos  animales de costumbre un segundo, y de capricho, el consecutivo. Tan embriagados por la urgencia de sistematización y el orden de las cosas, que inventamos los organismos más deficientes si esto puede aliviar nuestra hambre de régimen y de poder. Buscamos características para enaltecer a algunos y condenar a otros, para creer en la superioridad divina, pero para angustiar por la inferioridad propia. Queremos destruir lo que nos es extranjero y extranjerizar lo que es nuestro. Aplaudimos a lo ininteligible y despreciamos lo que para cualquier lectura es comprensible. Incluso lo llamamos "vulgar". Hace algunos días tuve que leer, de manera apresurada y muy incómoda, un texto sobre el arte del paleolítico, en el camión que me lleva a la escuela, y hubo un pedazo de información que logró captar mi atención lo necesario para darme la oportunidad de olvidar el retraso que llevaba, quitar la vista de las hojas y pensar por unos momentos. El autor (Hausser o como se escriba, no estoy haciendo tarea así que me importa un granito de azúcar si lo escribí bien), sostenía que en el arte de aquellos tiempos no existía un valor estilístico que limitara la producción, por eso, la manufactura de sus pinturas rupestres era arte genuino. Pues tal vez carecía de sustento conceptual, no obstante, reproducía con fidelidad y precisión la humanidad, la vida, el detalle rector de todo esto. Con los trazos más instintivos y menos instruidos lograron rehacer la existencia en sus pinturas. ¡Es maravilloso! quiero decir, no es el tipo de "arte" del que yo más disfruto, pero eso no significa que no pueda ver dicha belleza. Lo anterior me llevó de la mano a lo consecutivo, en nuestros días, el arte es para aquellos que saben cómo manipular la opinión pública y devaluar todo aquello que es distinto, que amenaza y promueve la regeneración del sistema. Conceptualizan el arte como lo que está albergado en una galería, en un museo, pero olvidan en un presuntuoso intento, la producción humana entera que es testigo de nuestra identidad, y no por ello propongo llamar arte a todo, sino, dejar de llamar arte a lo mío. Yo no quiero ser así, no quiero ser artista si esto significa traicionar mi propio ingenio y entorpecer mi empeño para caber dentro de lo que ellos consideran grandeza. Yo sólo quiero trabajar a gusto y en paz. Ya sé que puede resultar risible la aseveración mía estando estudiando ARTES VISUALES. Pero lo que trato de decir, y dejar intacto y duradero en este texto, es la aproximación que he tenido con la verdadera razón de mi trabajo para dejar a un lado todos esos pequeños prejuicios que a veces se siembran  trayendo consigo la conquista entera posteriormente. Yo no quiero ser del arte, no quiero ser de ellos, tampoco juzgar ni aplaudir (pues el razonamiento posterior no forma parte de la disciplina, a mi parecer) pero como conclusión a esta, la primera entrada de mi nuevo blog, no quiero perderme entre tanta ambigüedad y codicia. Sólo quier vivir sin fijarme qué es lo que mejor me hace o lo que más provecho podría dejar. Sólo quiero agitar, insultar, contradecir, cambiar e irme... pero siempre con una razón para hacerlo; el voluntarioso arrojamiento de la oposición a la codicia

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